
Cuando el miedo también se queda a dormir
- Véronica Morin
- hace 2 días
- 2 min de lectura
No todos los niños que crecen en un hogar con violencia reciben golpes. Sin embargo, muchos de ellos desarrollan heridas profundas que permanecen invisibles durante años.
Una de las menos conocidas es la alteración del sueño.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 encontró que quienes presenciaron violencia entre sus padres durante la infancia tienen un riesgo significativamente mayor de sufrir trastornos del sueño a lo largo de la vida. El trauma no solo afecta las emociones o las relaciones; también modifica la forma en que el cerebro aprende a sentirse seguro.
¿Por qué ocurre?
Porque para un niño el hogar debería ser el lugar donde baja la guardia. Cuando las discusiones, los gritos o las agresiones aparecen justamente allí, el cerebro aprende una lección equivocada pero adaptativa: “Debo permanecer alerta para sobrevivir”.
Ese estado de hipervigilancia puede persistir durante décadas.
Muchas personas llegan a la adultez diciendo:
“Siempre fui de dormir mal.”
“Me despierto varias veces en la noche.”
“Nunca logro descansar del todo.”
Con frecuencia buscan una explicación únicamente en el estrés actual, sin saber que su sistema nervioso fue entrenado desde muy temprano para no relajarse por completo.
El cuerpo recuerda aquello que la memoria, a veces, ya no puede contar con claridad.
Como médica, este hallazgo me parece especialmente importante porque nos invita a ampliar la mirada clínica. Detrás de un insomnio persistente puede haber mucho más que malos hábitos de sueño. Puede existir una historia de miedo, incertidumbre y desprotección que nunca encontró un espacio para ser elaborada.
También nos recuerda una enorme responsabilidad como sociedad.
Proteger a un niño no consiste únicamente en evitar que sea víctima directa de violencia. También implica evitar que crezca siendo testigo de ella.
Cada discusión violenta que un niño presencia deja una huella en su forma de comprender el mundo. Y cada intervención oportuna, cada adulto que ofrece seguridad y cada espacio terapéutico pueden ayudar a que esa huella no determine su futuro.
Porque el trauma puede dejar marcas, pero también sabemos que el cerebro posee una extraordinaria capacidad para sanar cuando encuentra un entorno seguro, vínculos protectores y la ayuda adecuada.
El sueño no siempre se pierde por el estrés del presente. A veces, es el eco silencioso de un miedo que comenzó muchos años atrás.

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